Queridos amigos.

Me dirijo a vosotros a través de esta publicación para narrar mi experiencia en la carrera de montaña celebrada en La Cabrera el pasado 23 de octubre y sondear quién estaría interesado en realizar esta actividad en grupo. Pero, antes de ello, me gustaría retrotraerme un poco más para tratar de contextualizar lo que esa carrera supuso para mí.

Previo salida

Recogiendo el dorsal

Mi experiencia en la montaña, más allá de mis viajes de esquí, es bastante reciente. Concretamente, ha pasado algo más de un año desde que decidí trabajar menos y vivir más; por lo que empecé a hacer algunas rutas con amigos de forma esporádica. La experiencia me gustó mucho por la desconexión que suponía con mis obligaciones y preocupaciones cotidianas así como por la sensación de libertad y el bienestar físico y mental que me proporcionaba.

Lamentablemente, mis amigos suben a la montaña sólo de vez en cuando y a un nivel no muy alto, y yo necesitaba algo más “intenso” para poder evadirme en lo que se estaba planteando como un año muy complicado, tanto a nivel profesional como personal y familiar. Por ello, empecé a practicar con mayor asiduidad ciclismo, natación y carrera, subiendo a la montaña cuando podía.

El verano pasado conocí a una persona en el Camino de Santiago que es montañera y con la que, además de pasar buenos momentos juntos, fui bebiendo lentamente de ese veneno que hace que las personas deseen escalar montañas cada vez más altas.

El mismo día que volví de mis vacaciones hice 2 cosas: apuntarme a Cresteando y preparar una salida a La Cabrera para reconocer el terreno sobre el que se celebraría la Tactika Trail Running del 23 de octubre. El 21 de agosto, terminando el recorrido y bajando el Collado Alfrecho, sufrí un accidente que casi me cuesta la vida y que me ha ayudado a comprender mejor algunas cosas esenciales.

Tan pronto como pude, volví a la montaña pero, esta vez, acompañado de algunos compañeros de Cresteando para realizar un curso de orientación en Cercedilla impartido por Nómada Trek y, desde entonces, no he hecho más que subir montañas siempre que he podido.

El pasado domingo, 23 de octubre, era la fecha para poder enfrentarme a los fantasmas que habitan mis recuerdos pero iba bastante retrasado con el plan de entrenamiento y no me sentía en condiciones de poder hacer “un papel digno” en mi debut en esta especialidad. No obstante, decidí que lo más importante era enfrentarme a ese reto y terminarlo de la mejor forma posible y disfrutando todo lo que pudiera.

La carrera

No conseguí que nadie me acompañara ese día, ni a correr, ni a tomar la cerveza del después y amaneció diluviando por lo que tuve que vencer más de una reticencia mientras me vestía y me dirigía al lugar “de autos” esa mañana de domingo.

Nada más llegar a La Cabrera, me vi sumergido entre un montón de coches que eran dirigidos a un parking que había sido acondicionado para la ocasión y, tan pronto como me bajé del coche y me dirigí a la plaza del ayuntamiento, empecé a verme rodeado del ambiente que caracteriza este tipo de eventos.

Al llegar a la carpa gigante que habían preparado como centro de operaciones, me dirigí a las mesas de acreditación, donde me dieron mi dorsal y la bolsa del corredor. Seguía diluviando cuando salieron los corredores de la carrera larga y faltaba 1 hora para que diera comienzo la carrera corta, en la que iba a participar. Sentía los típicos nervios en mi estómago mientras echaba de menos alguna cara conocida y empezaba a calentar un poco, dudando entre qué tipo de zapatillas debería elegir para correr en mojado.

A las 10:44 me dirigí a la línea de salida y ocupé un lugar al final del grupo de corredores. Mi objetivo era terminar y disfrutar por lo que decidí salir muy suave e ir mejorando según mis posibilidades.

A las 10:45 dieron la salida y un montón de locos salimos corriendo por las calles del pueblo entre un montón de personas que nos daban ánimos y bajo un cielo gris plomizo que descargaba su agua, afortunadamente, de forma cada vez más suave.

Llegando

Ya falta menos

Tras dejar las calles del pueblo atrás, avanzamos unos 5 km. entre prados y sendas llenas de jaras, y la lluvia remitió al tiempo que nos aproximábamos al macizo de la Sierra de La Cabrera. Al llegar a los pies de una dura ascensión en la que había que ayudarse con las manos, un grupo de buitres sobrevoló nuestras cabezas y algunas personas hicieron bromas sórdidas sobre su presencia, pero que no me afectaron más allá de esbozar una sonrisa, pues mi concentración estaba centrada exclusivamente en escuchar a mi cuerpo y observar el terreno y a todas las personas que iban a mi alrededor.

Después una lenta ascensión, llegamos a la cima y comenzamos a correr por la cara norte del macizo un grupo de personas con el que iba desde hacía un buen rato. De entre todas ellas, había una chica de Benasque, llamada Bea, cuyo ritmo de carrera era especialmente cómodo para mí, por lo que decidí no separarme de ella mientras avanzábamos entre húmedas rocas que hacían necesario prestar atención a cada zancada que dábamos.

Correr con Bea y prestar atención al terreno, además de disfrutar del paisaje velado por las nubes bajas, hizo que la segunda parte de la carrera discurriera de forma rápida y cómoda para mí; hasta que al llegar al Collado Alfrecho y pasar por el lugar donde tuve el accidente, un ligero sobrecogimiento me invadió. No hubo tiempo para más, ya que Bea comenzó a bajar a un ritmo infernal y sólo pude apretar los dientes para que no se me escapara, mientras que devorábamos metros entre rocas y vegetación.

Las bajadas son lo mío y disfruté mucho hasta que llegamos a las afueras del pueblo, donde el terreno seguía picando para abajo y la excitación y las buenas sensaciones hicieron que incrementará un poco más mi ritmo.

-Pasa tú, que vas más rápido- me decía Bea.

-Llevo toda la carrera detrás de ti y pienso terminarla a tu lado- le respondí –por cierto, me llamo Alberto-

Y así, juntos y conversando lo que podíamos entre resoplidos, entramos en los últimos metros de carrera, donde un montón de personas nos jalearon y llevaron en volandas hasta que atravesamos la línea de meta.

Final carrera

Feliz y contento de haber terminado.

A continuación, y tras entregar el chip a la organización, nos dirigimos a la zona de catering para reponer un poco de fuerzas y hacernos algunas fotos, mientras que bromeábamos y sonreíamos de satisfacción.

El día después.

No importaba en qué lugar había terminado, ni el tiempo empleado; pero las preguntas de las personas que me conocen hicieron que terminara por consultar la clasificación de la carrera y comprobar que había terminado en un puesto más que digno: 5 de 8, tanto en la general como en mi categoría.

Un par de días más tarde, me puse en contacto con el club para hacerles llegar la clasificación, ya que me había inscrito con Cresteando y, según tengo entendido, suma puntos. Al poco, obtuve una amable respuesta animándome a escribir una crónica de la carrera, que espero os haya gustado.

¿Y ahora, qué?

El 3 de diciembre hay una nueva cita en San Agustín de Guadalix y me gustaría correrla con alguien. Por ello, estaré encantado de salir a entrenar con cualquiera que desee probar este tipo de disciplina con el único objetivo de disfrutar de la montaña a un ritmo un poco más alto.

Igualmente, me gustaría participar en más salidas a la montaña en grupo; por lo que, al margen de las salidas que se organicen desde el club, estaré encantado de quedar con personas que hagan quedadas de forma más privada.

Abriré un debate en el foro por si queréis comentar algo por allí sobre esto que os planteo y, llegado el caso, formar un pequeño grupo para entrenar o por si queréis poneros en contacto conmigo para devolverme cualquiera de los dos pañuelos que os acabo de arrojar.

Un abrazo y hasta pronto.

Alberto Marset

 

Porque, al final, no recordarás el tiempo que permaneciste en la oficina o arreglando tu casa. Ve y escala esa maldita montaña.

Jack Kerouac.

 

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